Segunda parte del cuento de la criada por Margaret Atwood. Los testamentos, de Margaret Atwood: El regreso a Gilead que no sabías que necesitabas
Nolite te bastardes carborundorum: Regresar a Gilead. ¿Es Los testamentos una segunda parte o una nueva historia?
“Nolite te bastardes carborundorum.” Esta frase, que aparece en El cuento de la criada, resonó en mi mente en más de una ocasión durante la lectura de esta obra. Y es que este segundo acercamiento al régimen teocrático de Gilead no me ha dejado indiferente. El análisis introspectivo de algunos de sus personajes principales aporta una nueva dimensión a una historia que creíamos conocer.
En estas páginas encontré un tono diferente, una perspectiva renovada. El mensaje que nos transmite Margaret Atwood (Ottawa, 1939) es, una vez más, estremecedor. Desde mi punto de vista, Los testamentos no es una secuela ni una segunda parte, sino una historia paralela dentro de esta distopía tan emblemática, que nos permite encontrar algunas de las respuestas que estábamos buscando desde El cuento de la criada.
Confieso que no sabía cómo comenzar esta reseña. Me siento algo descolocada, sin encontrar aún la forma más adecuada de expresar todo lo que me ha hecho sentir esta lectura. Así que, simplemente, compartiré mis impresiones sin entrar en demasiados detalles.
Ecos del pasado

En la novela original, Defred nos transmite esa sensación de desorientación provocada por la deshumanización sistemática que sufren las criadas. Aunque casi nunca se muestra derrotada, su angustia por sobrevivir al sufrimiento diario deja entrever un sutil acto de rebeldía, que el lector necesita para imaginar lo que podría venir después. June (Defred, un nombre cosificador) se resiste al régimen inspirado en el Antiguo Testamento y nos permite atisbar los círculos de poder de Gilead. La historia concluye con muchas preguntas sin resolver, invitándonos a construir nuestro propio final.
Quince años después
En esta ocasión, no es Defred quien nos cuenta la historia. La narración recae en tres mujeres muy distintas entre sí. Una de ellas es la esposa de un comandante del régimen, una mujer que ha vivido una vida aparentemente privilegiada, en la medida en que es posible hablar de privilegios en Gilead. Otra voz viene desde Canadá. La tercera, con la que arranca la novela, resulta fundamental: muchos de los enigmas de la trama giran en torno a su existencia.

Los testamentos se presenta como una novela coral. Al inicio de cada capítulo, un dibujo nos ayuda a identificar la narradora y a no perder el hilo. Es un recurso sutil pero efectivo para guiarnos entre las distintas perspectivas.
Desde la primera palabra se respira fuerza femenina. La narrativa es directa, clara y bien definida. Incluso las escenas más crueles están narradas con una belleza poética que permite asimilar la crudeza sin perder la sensibilidad.
La oscuridad de Gilead
Fue increíblemente fácil volver a sumergirme en la represión de Gilead con tan solo leer la primera página. Con apenas unos detalles, ya me encontraba caminando entre sus calles grises, visualizando los rojos intensos de los uniformes, el asfalto impregnado de sangre y olor a pecado. Sentí nostalgia. Sentí miedo. Sabía exactamente a dónde me estaba dirigiendo, y es que Los testamentos no es una lectura fácil.
Aquí, por fin, obtenemos algunas de las respuestas que esperábamos. Margaret Atwood lanza un mensaje directo a las nuevas generaciones y, de forma valiente y peculiar, se despide. Deja en estas páginas unas palabras de aliento que quizá, algún día, nos sirvan de guía.
Resulta escalofriante saber que la autora solo puso una condición a la productora de la serie El cuento de la criada: que todo lo que se mostrara en pantalla tuviese precedentes en la historia real de la humanidad.
Un espejo de nuestro tiempo
Vivimos en un mundo que nunca deja de moverse, un escenario de cambios perpetuos donde los ciclos se repiten con inquietante puntualidad. Nada puede darse por definitivo; ningún horror es cosa del pasado. Todo, absolutamente todo, sigue siendo posible. Y a veces, la vida parece tener la piel demasiado frágil. Por eso necesitamos libros como este: porque, incluso en medio de la incertidumbre, nos devuelven—aunque sea en un destello—la magia obstinada de la esperanza. (Sheila).
Sheila Hernández


Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos, tienen mejores posibilidades. «El cuento de la criada» (1985)
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Paloma vive en un apartamento en París con Evelina, su abuela materna. Esta joven cursa ballet clásico en la Ópera de París; muchas horas de ensayo con el objetivo de convertirse en una étoile como su madre Julieta, a la que perdió hace un tiempo.



