Hola a todos.
Llevo tiempo observando una conversación que se repite en redes y en comunidades literarias. Ahora, la escucho desde dentro. Escritores que sienten que, además de escribir, tienen que exponerse. Que el libro ya no basta. Que hay que hacer “show” para vender.
Pero si miramos atrás, la literatura nunca ha estado completamente al margen de la puesta en escena. En 1927, Georges Simenon aceptó escribir una novela en 72 horas dentro de una jaula de cristal, a la vista del público, mientras la prensa convertía el proceso en espectáculo. Funcionó. Hubo financiación detrás, sí. Pero la visibilidad tampoco entonces caía del cielo.
Quizá la diferencia no esté en la necesidad de exposición, sino en el lugar donde se representa. Antes era una jaula de cristal en mitad de la ciudad. Hoy es una pantalla que llevamos en el bolsillo.
Cuando la visibilidad cambió de manos
Ya os digo que esto no apareció de repente. Se fue construyendo poco a poco, casi sin que nos diéramos cuenta. Yo ya estaba por aquí en 2011, cuando hablar de literatura en internet no tenía el prestigio que algunos le atribuyen ahora. El entorno era exigente y no siempre amable con quienes llegábamos desde caminos menos convencionales, sin un título que nos respaldara ni una firma conocida que nos abriera puertas. Éramos pocas las webs literarias independientes. Se nos leía, sí, pero también se nos miraba con cautela. Nada grave. Aprendimos rápido que aquí la credibilidad no llega sola, hay que currársela.
También, entendimos algo sencillo: el problema no era nuestro criterio, sino el lugar desde el que hablábamos. No veníamos avalados por instituciones ni por suplementos culturales. Veníamos con lecturas, constancia y ganas. Y, poco a poco, empezamos a conectar con lectores reales. Recomendábamos por entusiasmo, no por pose. Y eso, aunque entonces pareciera menor, empezó a mover cosas.
No fue una revolución épica. No hubo un día concreto en el que todo cambiara. Pero la conversación dejó de depender solo de los canales habituales. Algunos libros encontraron su público por vías que no estaban previstas. Sin grandes campañas. Sin padrinos. Solo porque alguien habló de ellos con honestidad y otros escucharon.
Mirándolo ahora, lo que cambió no fue solo el formato. Cambió el reparto de la visibilidad. El poder de prescripción ya no estaba concentrado en unos pocos espacios. Se fragmentó. Y cuando el poder se fragmenta, nadie controla del todo qué libro llega y cuál se queda atrás.
Algunas voces desaparecieron. Otras seguimos aquí, adaptándonos, aprendiendo, afinando el criterio. El escenario es distinto, sí. Mucho más visual, más rápido, más expuesto. Nos gusta ver el contenido en redes: es inmediato, no exige demasiado esfuerzo y hasta le ponemos cara. Hoy todo se mide en likes y clics, y a veces el libro queda en segundo plano. No es que antes no hubiera espectáculo. Es que ahora el escaparate está en todas partes.
El fenómeno influencer: del storytelling1 al storytime2

Las editoriales no han tardado en adaptarse: lo que antes era un pequeño ritual, recibir un libro de prensa, ahora va por métricas, alcance e interacción. La visibilidad ya no cae del cielo; se estudia, se ajusta y se mueve según las tendencias del momento.
Ese escenario se ha hecho enorme. Lo que empezó como conversaciones entre lectores en blogs personales terminó transformándose en fenómenos como BookTok en TikTok, donde un vídeo de segundos puede vaciar las estanterías de una novela antes de que te des cuenta. A nivel comercial, esto es una maravilla, porque la pasión de algunos de convierte en el marketing de otros.
Entre el show y el oficio
Conviene recordar una verdad incómoda: las editoriales nunca fueron ONGs culturales. Publicar cuesta dinero, y el sector tradicional siempre ha caminado sobre una cuerda floja: márgenes ajustados, devoluciones, saturación de novedades y una competencia feroz por captar la atención del lector. Lo que ha cambiado no es la tensión económica, sino cómo se reparte el riesgo. Antes, la apuesta recaía casi por completo en el editor; hoy muchas editoriales y sobre todo las grandes, buscan autores que ya traigan consigo una audiencia. No basta con escribir bien: hace falta llegar al lector con una base propia. Y si no la tienes, tendrás que demostrar por qué tu libro merece hacerse un hueco en un panorama tan lleno que a veces cuesta que algo nuevo destaque.
Y en ese contexto aparece el “show”. Lo vemos todos los días. Tiene magnetismo. Es como cuando estás buscando en internet una receta para hacer pan y te aparece un vídeo con masa madre y ese pan que cruje perfecto… y de pronto lo necesitas. Nos pasa con casi todo. Nuestro cerebro responde a lo visual, a lo inmediato, a lo que promete una recompensa rápida. La atención hoy se activa así. Y la literatura, por mucho que nos duela romantizarla, no vive al margen de esa lógica. Es lógico que el sector editorial esté atravesando este momento.

Por eso resulta interesante volver a escuchar voces con perspectiva. Hace poco escuchaba a Constantino Bértolo hablar del oficio editorial y me quedé pensando. Recordaba algo que a veces se nos olvida entre métricas y algoritmos: una editorial no es solo una fábrica de novedades, es una estructura ética y cultural que decide qué historias acompañar. Y que el editor no está ahí solo para corregir comas, sino para ayudar a que un texto termine de convertirse en libro. Hablaba también del diálogo real entre escritor y editor, esa conversación honesta donde el manuscrito mejora porque alguien se atreve a señalar lo que no funciona. En medio de tanto impacto inmediato, recordar esto no es nostalgia: es perspectiva.
Una realidad agridulce
Seré clara. Vender libros siempre fue un poco de arte y otro poco de espectáculo. Hoy el espectáculo pesa más que antes. Pero eso no significa que todo esté perdido ni que haya que traicionarse para sobrevivir. Hay espacio para quienes entienden la escena y saben moverse entre métricas y manuscritos, entre algoritmos y pasión lectora. Se puede arriesgar y participar sin renunciar al criterio.
Ahora bien, no todo el mundo se siente cómodo bajo el foco. Y no pasa nada. No todos los escritores tienen que convertirse en showmen ni todas las novelas necesitan fuegos artificiales. Si el espectáculo no es lo tuyo, entonces toca estrategia. Una que encaje contigo y con tu libro. Forzar una personalidad digital que no te representa suele ser peor que el silencio.
Eso no significa desentenderse. Significa pensar. Observar qué funciona en tu género, entender a qué lector te diriges y diseñar acciones que tengan sentido para ti. Sin copiar fórmulas ajenas ni convertir cada publicación en una súplica de ventas. Los lectores ya reconocemos la desesperación a la legua. Y la publicidad invasiva nos genera rechazo casi automático.
Que el ruido no te engañe: a veces un poquito de equilibrio vale oro. Construir presencia lleva mucho tiempo y constancia, pero también da margen para que el libro respire. Tenemos herramientas a patadas hoy en día, tú eliges cómo usarlas.
El lector también mueve las piezas
Y en medio de todo esto, el lector. Siempre hablamos del lector como si fuera algo imposible de ver, pero luego casi nunca lo miramos de frente. Porque no todo lo que vende lo hace por una mano oscura detrás. Hay lectores que quieren exactamente eso: una historia rápida, reconocible, escrita por alguien a quien ya siguen. No buscan que les desmonten la cabeza; buscan pasar un buen rato. Y eso no es ningún delito.
De hecho, los números de los últimos años lo dejan claro: cada vez hay más gente leyendo a diario, pero las ventas se reparten en poquitos títulos que todo el mundo tiene en la mesilla de noche. Más lectores, seguro. Pero eso no significa que estemos arriesgando demasiado en lo que elegimos. Y aquí es donde empieza a cambiar la sensación.
El problema no es que esos libros existan. El problema es cuando empiezas a notar que se parecen demasiado entre sí. Cambia el título, cambia la portada, pero la estructura ya la reconoces. Lees dos capítulos y casi puedes anticipar el ritmo, el giro, incluso el momento en que alguien pensó: “esto funcionaría muy bien en pantalla”. A veces da la impresión de que algunas novelas nacen con el foco puesto en la adaptación, y el resto del argumento va rellenando el trayecto.

No hay villanos en esta historia. Solo hábitos. Y los hábitos, cuando se repiten demasiado, terminan marcando el paisaje. Sin darnos cuenta, acabamos eligiendo siempre lo que ya sabemos que nos va a gustar.
Cómo no perderse del todo
Después de darle tantas vueltas al mercado, al ruido y a la comodidad, la pregunta incómoda es inevitable: ¿y nosotros qué hacemos con todo esto?
Hay algo que cuesta admitir: no todo lo que se publica merece nuestro tiempo. Y no lo digo desde la superioridad. Yo también he comprado libros por impulso. Una portada potente, una promesa bien afinada, suficiente conversación alrededor… y listo. Luego miras la estantería y entiendes que el criterio, igual que el músculo, se entrena o se atrofia.
No se trata de desconfiar de todo. Se trata de frenar un segundo. De leer unas páginas antes de decidir. De preguntarte si te interesa la historia o si te interesa formar parte del momento. De mirar un catálogo completo, no solo el título que más suena. De salir, de vez en cuando, del carril principal aunque dé más vértigo.
No siempre acertamos. Yo no siempre acierto. Mi biblioteca está llena de impulsos que no repetiría. Pero también de hallazgos que solo aparecieron porque me desvié del foco principal.
El escenario ha cambiado muchas veces y volverá a cambiar. Lo hizo cuando la conversación salió de los suplementos editoriales o culturales. Lo hizo cuando llegó el algoritmo y nos volvió locos a todos porque necesitábamos adaptarnos a una velocidad que daba miedo. Lo hará otra vez, lo tengo claro. Lo único que no cambia es esto: alguien escribe, alguien lee. Y en ese gesto íntimo y sencillo, lejos de todo el frenetismo actual, sigue estando lo esencial. Lo humilde. Lo más necesario: que la lectura funcione, que toque a quien la sostiene, que deje algo detrás, aunque nadie lo anuncie ni lo mida. Que un libro, en silencio, se quede contigo incluso después de cerrar la última página.
Escribiendo, me saltaron a la cabeza unas cuantas anécdotas de por allá en 2010. Otro día prometo sacarlas a la luz.
Sheila Hernández
¡Besos!
- Storytelling: originalmente significa contar historias con técnica, estructura y propósito literario o de comunicación. Es el concepto tradicional, donde el foco está en la historia en sí misma, el mensaje, los personajes, la emoción, la construcción narrativa ↩︎
- Storytime: es un término muy usado en redes sociales (TikTok, YouTube, Instagram) que describe historias contadas de forma rápida y atractiva para la audiencia, generalmente en formato audiovisual y muchas veces improvisado. El foco está más en entretenimiento, carisma y viralidad, no necesariamente en la calidad literaria o narrativa profunda. ↩︎



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